Sabemos que
no es fácil para el lector no psiquiatra entender las características de los
trastornos de la personalidad y más aún comprender que los trastornos de la
personalidad tienen una variedad dentro de la cual conseguimos los trastornos
disociales o antisociales de la personalidad.
Los rasgos
de la personalidad son patrones permanentes que incluyen el modo de vivir y
relacionarse y de cómo percibe el entorno y a sí mismo. El trastorno de la
personalidad vendría a ser entonces, la estructuración de estos rasgos, es
decir, cuando son inflexibles y maladaptados, con deterioro del funcionamiento
social y ocupacional, con malestar subjetivo y el cual se reconoce desde la
infancia o la adolescencia, siendo pues trastornos crónicos, permanentes y
resistentes al cambio.
En 1923, Kurt Schneider publica su obra Las
Personalidades Psicopáticas, en la cual establece por primera vez que “las
personalidades psicopáticas son personalidades que sufren por causa de su
anormalidad o que, impulsados por ella, hacen sufrir a la sociedad”. Consideró
las personalidades anormales como variantes constitucionales perturbadas: las
alteraciones que representan conflicto consigo mismo (personalidades anormales)
y los que por su anomalía hacen sufrir a sus semejantes (personalidades
psicopáticas).
Herrera
Luque clasificó a los psicópatas como:
a. Temperamentales: depresivos, irritables,
asténicos, explosivos, etc., en los cuales no se prejuzga la existencia o no de
perturbaciones caracteriales;
b. Caracteriales: en los cuales las
anomalías del carácter no necesariamente se traducen en alteraciones graves o
permanentes de la conducta social o de las pautas morales;
c. Sociópatas: en ellos hay anomalías
graves y permanentes de la conducta social o moral.
La
etiología de estos trastornos las limitó a:
1. Disfunciones metabólicas
2. Disfunciones cerebrales
3. Malformaciones congénitas o
displasias
4. Endogenicidad
De acuerdo
a GISBERT Y SÁNCHEZ, la personalidad es del todo individual, en el que se toma
en cuenta la estructura, la dinámica y la historicidad. VARGAS ALVARADO habla
de la conducta característica de interacción del individuo con su medio
ambiente; esta conducta y forma de relacionarse y de reaccionar ante los
diversos estímulos sociales, son diferentes para cada persona.
Las características
internas se manifiesta externamente a través de pautas de conducta que son
relativamente estables en cada persona. Es el modo de ser de cada quien.
La
personalidad, según MILLÓN, se ve como un modelo complejo de características psicológicas
profundas que son generalmente inconscientes que no pueden ser erradicadas y se expresan
automáticamente en cada faceta de funcionamiento individual. Para L’ABATE, la
personalidad comprende lo que una persona es, lo que una persona hace y lo que
una persona tiene, y además, la manera como esa persona concilia esos tres aspectos.
PICHOT
señala que la personalidad se puede definir como la integración dinámica de los
aspectos cognitivos (intelectuales), connativos (pulsionales y voluntarios) y
afectivos, asi como por los aspectos psicológicos y morfológicos del individuo.
La anormalidad de la personalidad refleja la habilidad del individuo para
enfrentarse con el medio de una manera flexible, actuando con una tendencia a adaptarse
a la realidad en forma creativa, adecuada y aceptable socialmente.
LANGELUDDEKE,
señala que los disociales presentan una personalidad anormal, es decir, se
desvían de lo que nosotros podemos llamar normalidad desde el punto de vista de
la sociedad actual; es importante aclarar, que la denominación “anormal” en
estos casos no se corresponde a la misma acepción de “patológico”.
Se
considera que los trastornos de personalidad son diferentes del resto de
trastornos psiquiátricos debido a:
1. Los trastornos de la personalidad
son condiciones crónicas y permanentes, en cambio los trastornos psiquiátricos
aun cuando pueden ser de larga evolución se presentan con brotes, por episodios
o con agudizaciones;
2. El trastorno de personalidad refleja
más disfunciones emocionales básicas que en otros trastornos psiquiátricos. Es
decir, son trastornos del CARÁCTER, en contraste con los problemas
superficiales de las otras nosologías.
3. Los trastornos de la personalidad
son egosintónicos en contraste con los otros trastornos los cuales son
egodistónicos. En este último caso, el paciente o sus familiares buscan
tratamiento, puesto que el enfermo sufre y se conoce que el trastorno puede
cambiar y mitigarse. En el caso del trastorno de la personalidad, el paciente
no sufre o por lo menos no lo percibe así y no desea el cambio. En todo caso,
es más frecuente que sea la familia, la comunidad o los tribunales u otra
institución las que se dan cuenta a largo plazo.
Es importante
conocer que no todos los individuos con alteraciones de la personalidad tienen
una connotación legal. No sucede así con el trastorno disocial o antisocial de
la personalidad cuyas características tienden a quebrantar las normas o crear
conflictos en el medio en el que se
desenvuelven, sin ningún tipo de enmienda a la situación.
El
desequilibrio psíquico de estos individuos, hace que su conducta se traduzca en
actos delictivos aislados, como también tendencias criminales propiamente
dichas, por eso es que se menciona en las diferentes clasificaciones
psiquiátricas, a este trastorno, como el que mayor injerencia legal o criminológica
presenta.
Es
necesario aclarar que si bien son cuadros con profundas alteraciones
conductuales, no son enfermos mentales propiamente dichos, es decir, sus
acciones no están privadas de juicio, raciocinio, ni pérdida de la realidad,
como tampoco ningún factor que los prive de la voluntad para cometer un acto
delictuoso. Su importancia médico legal radica en la incapacidad para adaptarse
a las condiciones ordinarias del medio y a la vida social; conocen estas
personas perfectamente la las consecuencias de sus acciones y son capaces de
planificar.
Los
disociales son personas que no mantienen por mucho tiempo un oficio o
profesión, debido a su tendencia a la irresponsabilidad e indolencia, funcionan
básicamente con el principio del placer, es decir, por la necesidad inmediata
de satisfacer sus deseos. Son individuos inmaduros, impulsivos; ante el
fracaso, intentarán remediarlo con otros actos delictivos, tales como abuso de
confianza, emisión de cheques sin fondos, estafas, hurtos, entre otros. Sus
alteraciones son permanentes y duran toda la vida.
En su
mayoría, los disociales son inteligentes (aunque podría presentarse también en
personas con déficit cognitivos) y aplican todas sus cualidades para llevar a
cabo sus fechorías; ya que esto les permite visualizar la trascendencia que
tiene su acción y por lo general no cometen hechos de sangre o lo hacen raras
veces. Pero cuando esto sucede lo realizan
con frialdad y premeditación, buscando las ventajas en la ejecución y tratando
siempre de asegurar la impunidad del hecho.
La
valoración penal de estas personas es muy compleja y debe siempre
individualizarse y detallarse en cada caso. Y Debe puntualizarse que, si se le
declara culpable por lo antes explicado, al salir de la cárcel sin programa de
tratamiento alguno, reinciden en actos delictivos, ya que una de sus
características es que no aprenden de las experiencias de castigo. Y si se les
declara como inimputables y por lo tanto no responsables, su peligrosidad
tiende a ser mayor, reforzándose en ellos la carta abierta para cometer
cualquier delito.
El
trastorno disocial de la personalidad no es susceptible de inimputabilidad. En
otros casos en los cuales no exista un trastorno disocial, sino otro tipo de
trastorno de la personalidad, podría considerarse una disminución de la pena,
ya sea porque esté disminuida la voluntad o porque tenga una alteración de la
consciencia o porque haya sido causado por una lesión orgánica, como podría
suceder en los casos de un cambio de personalidad postraumático.
Algunos autores
como STUMPFL y MEZGER proponen un aumento de la pena en aquellos crímenes o
delitos cometidos por individuos con trastornos disociales, sin embargo, otros
opinan que solamente se lograría retrasar la reincidencia, pero aumentaría la
peligrosidad como resultado de su permanencia en el área carcelaria, el
resentimiento y más si esta reclusión no se acompaña de un programa de
rehabilitación continuo.
En
conclusión, podemos decir que el individuo que tiene un trastorno disocial o
antisocial de la personalidad se caracteriza por presentar desde la infancia
desprecio por las normas sociales e irresponsabilidad que manifiesta de
diversas formas; en la vida adulta se evidencian claramente los desapegos
afectivos, agresividad hacia otros, inestabilidad laboral, promiscuidad sexual,
tendencia delicuencial y la ausencia de sentimientos de culpa y la dificultad
para aprender de experiencias de castigo. No entienden los conceptos de moral, vergüenza,
pudor, honor, reputación, cortesía y respeto. Motivos por los cuales deben ser
penados sin atenuación alguna, pues de alguna manera ello permitirá controlar
su conducta al ser confinados, estrechando así su campo de acción. Deberían ser
sometidos a tratamientos penitenciarios adecuados para su trastorno, aun cuando
la experiencia muestra que son de poca utilidad si la patología es intensa.
Bibliografía
1. Sadock
B. y Sadock V. Kaplan & Sadock. Manual de bolsillo de psiquiatría clínica.
Barcelona: 5ª. Ed. Lippincott Williams & Wilkins, 2011.
2. Vargas Alvarado E. Medicina forense
psiquiátrica. Editorial Trillas, S.A. de C.V. México
3.
Verde Aponte F. y Alvarado Yolanda. Psiquiatría
forense, penitenciaria y criminología. Livrosca C.A. Caracas 2006.